...Por: David Andrés Casilimas Díaz...

sábado, 8 de julio de 2017

Escondidas Americanas

No hay sensación peor que esa de levantarse a las cinco de la mañana el primer día de clase del año. Mi mamá ya ha pasado tres veces por el cuarto pero no quiero salir de las cobijas sabiendo que todavía está de noche afuera. Me doy la vuelta y me hago el dormido. ¿Por qué tienen que acabar las vacaciones? Pienso que mi mamá podría entrar al cuarto y decirme:

 – Está bien, hoy al final nunca hacen nada en los colegios porque ni los profesores tienen ganas de trabajar. Ya vimos la lista del curso y vas a estar con todos tus amigos de los años pasados. Puedes dormir hoy también hasta las 10. –
Pero eso nunca pasa porque “lo que importa es la disciplina”, o eso es lo que dice mi papá todo el tiempo. ¡Y saber que todavía me faltan 6 años de esa disciplina, colegio y baño de agua fría en la madrugada!

Hoy de seguro el profe de español nos pone a hacer una redacción sobre lo que hicimos en vacaciones y eso me va a dar más ganas de no haber ido, de seguir de vacaciones, de correr en el río y, sobre todo, de jugar escondidas.

Es que en diciembre fuimos a la finca de la tía Loló, que realmente es la tía de mi mamá pero siempre me han hecho decirle así.  Yo tenía mucha pereza de ir porque esa casa se la pasa llena de viejitos que lo único que hacen es jugar dominó y untarle a uno esa crema rosada que se seca en la piel cuando uno se quemó con el sol. Lo peor es que es tierra caliente y no hay piscinas. Siempre que vamos allá, para ir a una tenemos que ir a otro pueblo que ¡Queda como a una hora de la casa!

 – Además, esta vez no vamos a piscina – dijo mi papá y ahí casi me devuelvo caminando hasta Bogotá. Sólo no lo hice porque no creía poder sobrevivir mucho en ese sol infernal. – Vamos a ir al río que pasa por la finca de doña Graciela.

Doña Graciela es una señora bajita que yo creo que está loca, se la pasa contando chistes y riéndose, pero cuando está sola siempre está llorando. La tía Loló me dice que no le pregunte nada, que el marido la dejó hace mucho y que si le hablo de cosas tristes ya no me va a contar más chistes. Doña Graciela me cae bien, además cocina muy rico, pero me da pena quedarme con ella, siento que voy a terminar preguntándole cosas que no debo. La casa que tiene es muy bonita, tiene un cuarto en el techo con una ventana triangular con vista al río. Siempre le digo a mis papás que cuando compren una finca tenga un cuarto así.

Lo del río me gustó. Y me gustó más cuando conocí a Andrea, la sobrina de Doña Graciela. Los papás de Andrea trabajan mucho y como ella estaba de vacaciones la subieron en un bus con la abuela para que se fueran a pasar vacaciones aquí. La verdad al principio no quería ir con ella al río y empecé a caminar muy rápido, subiendo a las piedras que había en el camino, saltando las quebradas para no mojarme los tenis. Por allá escuchaba a Andrea diciéndole a la tía “ese niño va empitado”, y gritándome a ratos “oiga niño que más despacio que la abuela va alcanzada”. Andrea habla raro, me dan ganas de reírme cuando le dice a Doña Graciela que no la caramelié tanto y le dé los bombones, y yo no entiendo que significa.

Cuando estábamos esperando a que los grandes hicieran la comida se me acercó toda seria y me dijo:

 – A ver niño, si es tan aventao vamos a hacer una carrera para saber quién llega al otro lado del rio primero – y yo le dije que listo, que le iba a dar ventaja para que fuera justa la apuesta. Ella me miró toda brava y continuó:

 – Tan pinchado este, yo no necesito ventaja oyó?

Le dije que bueno y empezamos a correr dentro del agua. Íbamos muy pegados, pero pasando la mitad del rio yo pisé una piedra que se hundió y me raspé la canilla con un palo. Andrea no se dio cuenta y siguió corriendo riéndose. “Si vió? Le gané!” gritó cuando llegó al otro lado. Yo iba corriendo también pero más despacio porque me estaba ardiendo la pierna.

 – ¿Qué le pasó? – me preguntó y en ese instante se desvaneció la imagen de niña brava por la de niña asustada – ¿Se aporrió? Venga, venga yo lo ayudo. No le digamos a mi tía que después nos regaña a los dos.

En ese momento nos sentamos en una piedra y comenzó a echarme agua con las manos para quitar la sangre que salía por una rayita. Mientras me decía que había visto en un programa de televisión que poner hojas mojadas encima de la herida podía salvarle la vida a una persona, me pasó un escalofrío y sentí que se me pararon los pelos de la parte de atrás de la cabeza. Y luego otra vez cuando ponía las hojas con cuidado. Después descansamos y me enseñó las cosas que decían en la ciudad de ella, trebejos, cosianfiros, furruscas y otras tantas de las que ya no me puedo acordar. Hicimos una pequeña colección de escarabajos y otros bichos que salían de debajo de las piedras.

 – En la noche cuando acabemos de comer jugamos al escondite, sí? – me preguntó.

Yo le respondí que no tenía gracia jugar de a dos, pero ella me dijo que íbamos era a jugar escondidas americanas.

 – ¿Cómo se juegan esas? – le pregunté

 – Ah, yo le explico mientras vamos jugando. Pero me pido contar de primeras.

Pasó que esa noche no pudimos jugar porque Doña Graciela se puso triste cuando se fue a caminar por el río y cuando íbamos por la carretera de regreso, se llevó a Andrea para la casa de ella en vez de ir a comer a la nuestra.

No vi a Andrea sino hasta el día en que nos íbamos a devolver. Me trajo varios de los escarabajos que habíamos cogido en tarritos de vidrio, flotando en lo que creo que era alcohol.

 – No me enseñaste el juego al fin – le dije – ya mis papás tienen todo en el carro.

 – Venga y jugamos rápido, yo cuento hasta diez y usted se esconde, el tacho es la puerta del patio – dijo a la carrera.

 – Pero eso parecen escondidas normales.

 – Ay! Que lora… corra, corra y escóndase que yo ya le muestro.

Se volteo contra la puerta y empezó a contar. Uno! Salí corriendo y me metí en el armario de las escobas. No me imaginaba como podía ser diferente el juego. Tres! Mejor me hago en otro lado, seguro ella abre esta puerta de primero. Pasé la cocina, entré al comedor. Siete! Había una pared con una columna en la que si ella pasaba para ir a la sala no me veía y ahí yo podía correr a la puerta. Diez!

 – ¡Ni por arriba ni por abajo ni por ninguno de los lados!

Andrea no se escuchaba al caminar. Abrió el armario de las escobas, ¡Já! Sabía que ahí no me debía esconder. Quería que ella pasara hacia la sala, me asomé un poco y vi que acababa de darme la espalda. ¡Bien! Iba a esperar a que buscara detrás de las poltronas para que no me viera salir. Cinco, cuatro, tres, dos… iba a salir lo más rápido posible. Uno.

Me asomé por la columna y casi me rompo la nariz con la frente de Andrea que estaba ahí parada.

 – ¡Te encontré!

 – ¿Y qué era lo diferente?

 – Que cuando encuentras a alguien – dijo – haces esto.

Cerró los ojos y me besó apretando sus labios contra los míos. Yo me quedé como de piedra incluso después que terminó. Ella viendo mi reacción dijo:

 – ¡Los rolos si son como medio atembados!

Me dio otro beso y se fue corriendo. Cuando ya iba saliendo de la casa se volteó sonriendo y me miró por última vez.

 – Hijo! ¿Que pasó contigo? – gritó mi mamá desde el garaje.

Salí de la casa, me subí al carro y mi papá desde el puesto del conductor se voltea y yo ya sé que va a decir. “Que cosa contigo, siempre eres el último en salir”.

 – ¿Quieres venir adelante? Desde aquí se ve mejor la casa de Doña Graciela – me dice, y yo lo miro con sorpresa.
No sé si lo propone por la ventana que me gusta o porque vio algo hace un momento. Yo no digo nada, pero algo en mi cara debe estar hablando más fuerte porque el sólo sonríe y abre la puerta de al lado para que yo me suba.

miércoles, 7 de junio de 2017

2*(Te quiero)

Te quiero. Te sigo queriendo con la misma intensidad, con el mismo orgullo, con el mismo deseo de que seas feliz. Esta vez, a pesar de pedirte lo contrario, mi contexto hace que decidas irte, ahora sí en serio. Pensamos diferente, lo sé, pero te quiero como eres y acepto tu forma de querer.

No te quiero menos por quererte como lo hago. Tampoco te quiero mejor o peor que otras formas. Te vas porque quieres que te quiera diferente, pero yo sólo sé quererte de la forma en que se querer: libre, intensa, tranquila.

Una forma en la cual lo que basta es querer.