...Por: David Andrés Casilimas Díaz...

sábado, 26 de abril de 2014

Qhusi Nayra

En el departamento de Nariño donde el río Patía, que nace en el volcán Sotará, aún se encuentra custodiado por el Macizo Colombiano, se asientan algunos de los descendientes de la tribu Yanacona*. La comunidad está ya muy permeada por la cultura occidental, sin embargo la tradición oral conserva muchas historias vivas, principalmente en un dialecto del quechua**.

Cutec es un muchacho del pueblo Yanacona. Delgado, de piel cobriza, con pómulos y nariz prominentes y angulares, miembros inferiores algo más grandes que los de sus contemporáneos. Esto último le había dado la reputación de ser el más rápido en subir las montañas del lugar. Hoy no quería subir más, bajaba la cuesta con el corazón luchando para abandonar ese cuerpo que a pesar de sus dimensiones parecía una prisión sin suficiente espacio para él. Su respiración era profunda y rápida como de quien va a desmayarse por hiperventilación. Perseguía ese par de siluetas sin descanso.

***

El padre de Cutec, Nunay, estaba muriendo escondido de la luz sin salir de casa. Decía que en sus meditaciones había visto a los espíritus del mundo desaparecer, a donde mirara ahora sólo veía máquinas como aquellas con las que los hombres blancos juegan. Las plantas se han vuelto maquinas, los hombres también. El rio y la montaña ya no susurran nada en sus oídos. “Kaipachay wañunaramuña” era todo lo que sabía decir ahora, un lamento de pérdida que quiere decir algo así como “mi mundo ha muerto”.  Cuando las crisis se hacían más fuertes y el viejo comenzaba a gritar, las señoras del pueblo encendían velas frente a la entrada como ofrenda por la salud del hombre.

Fue Kuoqu, una joven aprendiz del sacerdote, quien le habló del camino que tenía que recorrer para recuperar la salud de Nunay. Una madrugada, en que Cutec llegaba de pescar, ella se le acercó mientras este guardaba las redes en la canoa. Sin decirle nada le tomó las manos y se las llevó al rostro presionando los dedos del muchacho contra su labio superior. Aspiro lenta y profundamente. Con cuidado separó un poco la piel y las uñas en la punta de los dedos, dejando el barro al descubierto, y aspiró de nuevo. En medio del cansancio, y a pesar de mantener una gran amistad con Kuoqu, Cutec sintió escalofríos. Se acordó de aquella vez en que los espíritus tomaron posesión de su cuerpo cuando en el río comenzó a lavar su miembro con esmero. Sin embargo, a pesar de los deseos actuales él no sentía mayor interés por Kuoqu, la admiraba por haber logrado ser aprendiz a tan corta edad, pero no más. Bueno… sí había algo más. Sentía fascinación por sus ojos, oscuros, rasgados y de extraña orientación que le recordaban claramente su vínculo con los antepasados incas.

- Kachitu ñawis – dijo Cutec.

Kuoqu exhaló y sonriendo movió la cabeza de lado a lado como espantando las palabras. Ambos hablaban español pero él había decidido utilizar con más frecuencia la lengua de su pueblo. En parte por eso se había vuelto tan próximo de Kuoqu, ella debía hablar en quechua la mayor parte del tiempo. Aunque con Cutec, a veces, se daban muchas licencias mezclando o alternando los idiomas.

- Ya es tiempo de viajar – dijo Kuoqu – Hokeu lo está esperando al otro lado de la montaña.
- ¿Hokeu? – preguntó el muchacho.
- La cura que usted necesita– dijo colocando los dedos de Cutec sobre su pecho.

Ya en una ocasión anterior ella le había hablado sobre la enfermedad de su padre pero sólo recordaba una frase. “Hace casi 20 años que se encerró en casa, y mañana serán quince en que nadie ve a su padre, usted es el único que habla con él desde ese entonces”, había dicho con sus ojos fijos en un punto que parecía estar entre sus dos cejas, como si, a pesar de mirarlo a la cara, rehusara enfocarse en los ojos.  

- La cura que necesita el viejo – puntualizó Cutec.

Kuoqu se encogió de hombros mientras las nubes se hacían a un lado y la luz de la luna revelaba ese curioso y pequeño lunar que tenía entre su ojo izquierdo y el puente de la nariz. Era casi hipnótico.

- Ya sé que durante el día se la pasa en casa con Nunay y que sólo sale en las noches, pero hoy cuando caiga el sol tiene que subir la montaña del Sotará para encontrar a Hokeu – explicó lentamente –. Debe tener mucha serenidad al encontrarse con ella, si se mantiene en calma sabrá qué debe hacer al regresar a casa.

Le besó el vientre de los dedos y envolviéndose en su ruana se alejó de él para perderse de vista al doblar la esquina de las destapadas calles del pueblo. Cutec por su parte se quedó inmóvil por algunos segundos después de que la imagen de Kuoqu desapareciera. El pantalón que llevaba remangado se pegaba a su piel por el agua y la brisa lo golpeaba suavemente pero él no sentía frío. Llegó a casa y preparó su mochila con agua y algo de comida. Le extrañó no oír los usuales murmullos que llenaban comenzando poco antes del amanecer y terminando con el ocaso. Agotado se recostó en una silla y cayó profundamente dormido.

Despertó y ya estaba oscuro. No debía ser muy tarde pues al salir sintió la tierra caliente bajo sus pies, había restos de parafina fresca en la entrada de su casa.  Debió haber estado muy cansado porque no escuchó nada.

Caminó sin detenerse dos días y tres noches. Comía y bebía mientras caminaba, sirviéndose muchas veces de algunos frutos u hojas de plantas comestibles que encontraba en el camino. Evitaba gastar el pescado y la carne seca que tenía en su bolsa pues eso lo podría detener por motivos fisiológicos. Se dejaba lavar por la lluvia y si no lo secaba el sol, se secaba emanando vapor como un caballo a causa del ejercicio.

Al amanecer del tercer día, ya habiendo llegado a los páramos del volcán se detuvo junto a una enorme roca. Se envolvió en las tres ruanas que llevaba puestas y durmió hasta el atardecer. Cuando abrió los ojos aún el cielo tenía colores rojos y oro en el horizonte, las nubes que usualmente envolvían la montaña ya se habían deslizado hacia los valles dejándolo todo húmedo y brillante, reforzando los colores y contrastes del paisaje.

En ese momento vio dos siluetas bajando por un sendero, el frío desapareció. Una ola de calor lo recorrió comenzando en su estómago y esparciéndose por todo el cuerpo. Emprendió el descenso acelerando cada vez más su paso, quería estar seguro de la familiaridad de las figuras. Era ella, eso es seguro, Hokeu bajaba la montaña en compañía de un hombre de baja estatura. ¿Quién era él?

- Qhuincha muttu egego! – exclamó Cutec (Enano desgraciado!).

Tenía miedo de que el hombre se la llevara lejos y así no pudiera saber la cura para su padre. Se adelantó para que Hokeu consiguiera verlo. La miró a los ojos y quedó prendado de su belleza. Eran tan diferentes a los de Kuoqu, eran de un tipo que él nunca había visto antes. Ella por su parte bajó la cabeza evitando el contacto… “Qhusi pacaskka nayra” pensó, “simiy muchasqaykita yuyachkankichu”, dijo una voz en su cabeza dirigida a Hokeu. Se detuvo frente a una cruz de piedra mientras el hombre pequeño, con decisión, se la llevaba alejándola de él.

Aferrado al bloque se acurrucó diciendo “Anchanchu kkinacoy suanaran, Hokeuy auanaran, warmiy suanaran” que traduce “el duende robó mi tesoro, me robó mi Hokeu, robó mi mujer”. Dos días más duró sollozando junto a la cruz hasta que Kuoqu apareció y le dijo:

- Nunca fue tuya, hace ya mucho que él se la llevó consigo.

Era la quinta vez que Kuoqu lograba sacarlo de casa durante el día después de cinco años tras la muerte de Hokeu a manos de aquel hombre pequeño. También era un día más de fracaso al ver la tumba de su esposa. Tras una semana de viaje de regreso al pueblo, al entrar en la humilde casa de madera y adobes, Cutec se sentó en una estera contra el rincón de la vivienda. Con la llegada de la luz del sol comenzó a murmurar:

- Kaipachay wañunaramuña, kaipachay wañunaramuña, kaipachay wañunaramuña…


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*Aunque el presente cuento utiliza como base algunos aspectos reales, no representa de forma alguna la cultura o idiosincrasia Yanacona. Es un relato  ficticio en el cual me he tomado la libertad de adaptar una historia fantástica a una comunidad humana existente.
** Las palabras en quechua son un intento de expresión de un aficionado con casi nulos conocimientos de dicha lengua.


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